Por José Antonio Ramos Rubio

De suma importancia es el retablo barroco que cubre el altar mayor del antiguo convento de franciscanos observantes, de planta curva y ático de cascarón adaptado al presbiterio. El alzado de la obra se divide en banco, cuerpo de tres calles separadas por columnas de fuste liso y decoración de talla adherida, y el remate. Las ménsulas del banco son alarde de lo mejor que produjo el barroco en ornato vegetal y decorativo, al igual que los broches que timbran las hornacinas laterales, donde las esculturas asientan sobre peanas. En la calle central destaca la Piedad, obra dieciochesca de extrema calidad, muy parecida a la que hizo Luis Salvador Carmona para la Catedral de Salamanca hacia 1755.
Flanquean a ambos lados San Buenaventura y San Bernardino de Siena. Desde un pequeño nicho situado sobre el principal domina la iglesia una buena talla de San Francisco de Asís, de medios del siglo XVIII al igual que todas las mencionadas.
La ausencia de documentación provocada a raíz del proceso de desamortización hace necesario las atribuciones para tratar de aproximar su autoría a la gubia de alguno de los artistas que conocemos. De entre todos éstos resalta el tallista Bartolomé Jerez, a quien Carmelo Solís adjudica la ejecución de una traza tal vez otorgada por Manuel de Larra y Churriguera; la obra vendría a ser el colofón de una iglesia terminada en 1735.
Desde luego, la pujanza que tuvieron durante la primera mitad del siglo XVII los obradores situados en la ciudad de Trujillo, se resuelve durante la centuria siguiente con un despegue importante y con su independencia frente a los foráneos, sobre todo en lo que se refiere a la retablística. Desde entonces sus servicios fueron reclamados en la propia ciudad de Plasencia, Cáceres o Mérida, por lo que es justo afirmar que Trujillo alcanzó durante la centuria del XVIII un nombre propio, semejante e incluso superior al que tenía por estas mismas fechas la ciudad de Alfonso VIII.
Entre los muchos maestros que trabajan en Trujillo –mencionemos por ejemplo a Juan de Olivera, a los maestros de arquitectura y talla Antonio Ropero y Juan Bautista Páez, al entallador Juan Sánchez Vicioso o al escultor Francisco de Rojas Yorente–, descuella Bartolomé Fernández Jerez, quizás, el maestro retablero más importante de la ciudad de Trujillo durante el segundo tercio del siglo XVIII. La importancia de las obras –la mayor parte de ellas conservadas– que ejecutó Fernández Jerez nos inclina a pensar que sin duda era el suyo uno de los obradores más importantes que existían en estas fechas en la ciudad de Trujillo. Es sintomático en este sentido que los parroquianos de Serradilla decidieran acudir al taller de nuestro artista en lugar de aquellos otros que existían en Plasencia, mucho más cercanos, para contratar el retablo mayor de la iglesia de la Asunción, sobre el que luego volveremos. Además, esta obra, junto al retablo que hizo para el presbiterio de la iglesia de la misma advocación en Brozas, nos permite rastrear, a tenor de la coincidencia que ellas se produce entre Bartolomé Fernández Jerez y Luis Salvador Carmona, escultor de origen vallisoletano responsable de las esculturas titulares de ambas iglesias, la procedencia o formación foránea de nuestro maestro, o, tal vez incluso, las buenas relaciones que sin duda debía tener su taller.
Asimismo, y en lo que respecta a los artistas que colaboraban, como oficiales o asistentes, con Fernández Jerez, el hecho de haber trabajado en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias, de Logrosán, junto a Andrés Felipe y Pedro Díaz Bejarano, me inclina a pensar en una relación más permanente y no tan puntual como la que en principio sugiere la cita, documentada en 1728 a raíz de la construcción del desaparecido retablo mayor de dicha ermita. A los oficiales que lo componían se alude en la documentación del retablo de la iglesia de Serradilla. En su fase más barroca, Jerez demuestra ser un artista de infinitas posibilidades a la hora de idear formas inventivas con las que ahondar el decorativismo que define el retablo español durante la década de 1730. Al mismo tiempo, demuestra ser un artista atento a la utilización de formas y elementos de plena vanguardia: la supresión de la columna salomónica, superada en el panorama nacional desde el segundo decenio del siglo XVIII, corrobora nuestra afirmación, ratificada asimismo por el empleo de los soportes entonces más difundidos, a saber, columnas de fuste liso profusamente ornado con motivos tallados.
Así se comprueba en los dos grandes retablos que hizo para las parroquiales de Serradilla y Brozas, ambas advocadas a la Asunción de María. El primer conjunto fue elevado entre 1734 y 1735. Asienta sobre un banco de potentes mensulones, sobre el que deviene el cuerpo principal de la obra, articulado mediante cuatro columnas, las dos centrales enguirnaldadas, es decir, con el tercio inferior decorado con distintos motivos; bonitos festoneados recorren la caña de los soportes laterales. En esta parte del retablo descuella el cuerpo central, avanzado cual si del diseño de un baldaquino, no exento, se tratara; preside la talla de Ntra. Sra. de la Asunción, que Luis Salvador Carmona ejecutó en 1749 y envió desde Madrid una vez que la iglesia aceptó el dibujo, borrón o pensamiento que previamente había enviado. Escoltan a María, desde las repisas de las calles laterales, las imágenes de San Antonio Abad y San Isidro.
Con el retablo mayor de Serradilla hay que relacionar el que cubre el testero de la parroquia de Santa María de Brozas. Fue realizado en el segundo tercio del siglo XVIII, y los paralelismos que presenta con el de Serradilla son evidentes: el tallista vuelve a hacer uso del mismo tipo de repisas que las empleadas en las callas laterales, ahora destinadas a San Benito y San Bernardo, que escoltan la escultura de la Virgen del Socorro, también ejecutada por Luis Salvador Carmona y en fecha muy próxima a la de Serradilla. Asimismo, Bartolomé Fernández Jerez retoma el esquema decorativo de las columnas, que repite y amplía a tamaño colosal en el primer cuerpo del retablo brocense. La belleza y calidad inventiva que demuestra Fernández Jerez nos ponen en relación con un artista de valía y renombre en la Alta Extremadura.
Junto a este estilo particular, definido por la limpieza y perfección que demuestra en la talla de los diversos elementos integrantes de sus conjuntos, también se caracteriza por ser un artista que admira a sus predecesores y aprende de ellos. Cuando Jerez llegó a Serradilla para estipular las condiciones de la obra, debió quedar cautivado por el impresionante retablo que había ejecutado treinta años antes el madrileño Francisco de la Torre para el presbiterio de la iglesia conventual del Cristo de la Victoria. Apreciemos el baldaquino de esta máquina: si llevamos su diseño más básico a la hornacina central que alberga la obra de Luis Salvador Carmona, tendremos como resultado una fuente de inspiración que sirve como estímulo para desarrollar un conjunto diferente.
Retablos como el serradillano o el Santa María de Brozas se inscriben en la etapa de mayor decorativismo por la que discurre la trayectoria artística de Bartolomé Jerez, al menos durante la primera mitad de la década de 1730; los contactos que debió mantener hacia mediados de este decenio con la obra de José Benito de Churriguera, a tenor de la reforma que le fue encomendada introducir en el retablo dedicado en la catedral de Plasencia a Ntra. Sra. del Tránsito, debieron propiciar un cierto giro en su producción. Sólo de este modo entendemos que, en 1735, concluyera un retablo como el dedicado al Santo Cristo del Desamparo en la parroquia de Escurial, donde ha suprimido gran parte el ornato que está presente en Serradilla o Brozas. En este giro que imprime en su producción debieron ser de capital importancia los contactos que tuvo con la etapa en la que el más barroco de nuestros artistas, el mayor de los hermanos Churriguera, se muestra al mismo tiempo más progresivo.
Bartolomé Fernández Jerez también pudo haber entrado en contacto con la obra de los Churriguera a través del sobrino de éstos, Manuel de Larra y Churriguera, cuya presencia en Trujillo está documentada en 1734 con motivo de la remodelación que llevó a cabo en la Casa del Escudo del Estado de la Conquista. La estancia de Larra y Churriguera no debió pasar desapercibida, y hasta es posible que los franciscanos le encomendaran el diseño del retablo que aún cubre la iglesia del antiguo convento, obra que debió ejecutar materialmente Fernández Jerez, dentro de esta nueva etapa a la que nos venimos refiriendo. Las coincidencias estilísticas entre el precitado retablo de Escurial y el mayor de la iglesia de Logrosán, nos permiten imaginar que fue el autor de este conjunto, el cual debió resolver también entre 1734 y 1735. No se ha conservado el tabernáculo que hizo para la iglesia de Navalmoral de la Mata, así como tampoco ha perdurado en nuestros días el retablo que tomó a su cargo realizar en 1743 para el convento cacereño de Santa María de Jesús.Autor:J.A. Ramos RubioVolver a la página de inicio